Comienza la Cuaresma

El 18 de febrero de 2026 es “Miércoles de Ceniza” y comienza la Cuaresma. Se presenta, año tras año, como una  llamada insistente a la conversión. La viviremos muy cerca del Adviento, como un nuevo tiempo que nos invita a prepararnos, a cambiar, a volver el corazón a Dios. No es extraño que esta reiteración pueda cansarnos. “¡Otra vez lo mismo! Ya sé de qué va. Son ya muchos años de vivirla, escuchar homilías y ver procesiones”, podemos pensar. Sin embargo, el problema no está en esa exhortación, sino en que quizás no hemos ahondado lo suficiente en qué significa realmente convertirnos y por qué es tan decisivo para nuestra vida.

La palabra conversión puede sonar moralizante o incluso agotadora, como si se tratara únicamente de corregir defectos o cumplir mejor unas normas. Pero su sentido profundo es mucho más rico. Etimológicamente, convertir viene del latín convertere, que significa “volver”, “girar”, “cambiar de dirección”. No se trata, por tanto, de añadir algo externo a nuestra vida, sino de reorientarla, de volver al centro, de dirigir de nuevo el corazón hacia aquello que le da sentido. Reconocer que muchas veces caminamos distraídos, dispersos en mil y un asuntos que consumen nuestra atención a diario y así aceptar la invitación a regresar a lo esencial.

La conversión, además, oculta una trampa muy sutil: casi siempre la vemos necesaria y evidente en los demás y rara vez en nosotros mismos. Nos resulta fácil detectar lo que deberían cambiar los políticos, la Iglesia, la sociedad, la familia o el vecino, mientras damos por supuesto que nuestro modo de pensar y actuar ya es el correcto. Esto se nota en situaciones muy cotidianas: criticamos la falta de diálogo de los demás mientras no escuchamos a nadie; nos quejamos de la corrupción ajena, pero “arreglamos” pequeños asuntos a nuestro favor cuando nadie nos ve; reclamamos más justicia y solidaridad, pero nos molesta compartir nuestro tiempo…Así, pedimos que otros se conviertan, pero olvidamos que esa llamada comienza siempre en el propio corazón

En el fondo, la gran esperanza que vive el hombre en la Cuaresma es esta: Dios no se cansa de acercarse a nosotros. Incluso cuando la llamada a la conversión nos pueda resultar repetitiva. Él sigue saliendo a nuestro encuentro. Nos muestra hasta dónde es capaz de llegar su Amor, un Amor que no se limita a señalar errores, sino que levanta, sana y transforma. La conversión cristiana no nace del miedo ni de la culpa, sino de la experiencia de sabernos amados sin condiciones ni exigencias.

Por eso, lejos de ser un tiempo oscuro, la Cuaresma es una antesala de la Pascua, un camino hacia la luz de la Resurrección. Nos recuerda que no estamos solos. Dios camina con nosotros y nos ofrece, una vez más, la esperanza más grande que puede tener el ser humano: que Él nos ama y quiere nuestra felicidad eterna.

En este camino cuaresmal seguiremos rezando por quienes ejercen responsabilidades públicas. Un grupo que reza por los políticos y gobernantes de un país vive la Cuaresma como un tiempo especialmente propicio para la intercesión. La Cuaresma nos recuerda que la conversión es también social y comunitaria. Al interceder por los gobernantes pedimos que sus conciencias no estén dormidas ni envenenadas, sino abiertas a la verdad y al servicio. Ellos necesitan, quizá más que nadie, un corazón despierto y una conciencia bien formada. Necesitan descubrir su papel como servidores y no como dueños; como responsables llamados a construir una sociedad más justa, donde se respete la dignidad de toda persona humana desde su inicio hasta su fin natural, y donde se ayude a cada ciudadano a caminar hacia su verdadero destino en la vida. Así, la oración cuaresmal se convierte en una semilla de esperanza también para la vida pública, confiando en que Dios puede tocar los corazones y renovar, desde dentro, las estructuras de nuestro mundo.

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