El sí de María y el sí de José

La segunda quincena de marzo nos ofrece -casi al final de la Cuaresma- dos hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana: la solemnidad de San José y la Anunciación del Señor. Ambas festividades celebran la irrupción de lo divino en la historia humana, pero lo hacen a través de dos respuestas que, siendo complementarias, revelan matices distintos de la santidad y de la libertad humana frente a los planes de Dios.

El «fiat» de María es la respuesta a una realidad vívida y presencial. Ante el arcángel Gabriel, la Virgen entabla un diálogo, pregunta y, finalmente, se entrega con una palabra que resonará toda la historia: «Hágase». El sí de María es luminoso, vocal y valiente, marcando una presencia que la llevará desde el pesebre hasta la crudeza del Calvario. Su santidad se manifiesta en la fidelidad pública y constante, permaneciendo al pie de la cruz cuando otros huyen.

Por el contrario, el sí de José se fragua en la penumbra y el misterio de los sueños. Mientras María recibe una visita angélica en la vigilia, José recibe las instrucciones de Dios en el descanso, simbolizando una confianza absoluta en medio de la incertidumbre. Su respuesta no se registra en palabras, sino en actos inmediatos. José no habla en los Evangelios, su lenguaje es el silencio laborioso y protector. Su papel es el de la «discreción necesaria», el hombre que prepara el escenario para que el Salvador y su Madre sean los protagonistas, desapareciendo sin rastro ni noticia directa de la escena pública antes de que comience la vida ministerial de Jesús.

Estas dos formas de santidad -el silencio de José y la voz de María- reflejan que Dios no tiene un molde único para sus elegidos. José representa la santidad de lo cotidiano, de quien custodia el misterio sin pretender poseerlo, aceptando un plan que le exige renunciar a sus propias seguridades para abrazar la paternidad legal y protectora. María representa el culmen de la Obra de Dios, el Milagro de un ser humano conteniendo la divinidad en su seno, la santidad de la encarnación plena, la que da carne a la Palabra y lo acompaña hasta el sacrificio final.

En esta coincidencia litúrgica cuaresmal en marzo, se nos recuerda que el plan de Dios requiere diferentes tipos de valentía. Mientras María ofrece la valentía de la presencia y el testimonio, José ofrece la valentía del retiro y la obediencia silenciosa. Ambos «síes», aunque distintos en forma y papel, confluyen en una misma actitud: la de quien confía en que, tanto en el sueño como en el asombro, la voluntad de Dios es el único camino hacia la plenitud.

Se acerca la semana central del tiempo cuaresmal y hay que agudizar los sentidos externos e internos, para no perder ocasión de que nos impacte de verdad. ¿Nos sentimos más cerca del silencio de José o del “fiat” público y valiente de Nuestra Madre? En realidad, no se trata de escoger un modelo u otro, sino de orientar -gracias a ambos- nuestra conversión personal hacia pequeños detalles que imiten a la Familia de Nazaret. 

¿Me fío, pero -de verdad-  me fío de Dios? ¿Vivo los sacramentos como fuentes de gracia y de cercanía al Señor o como una lista de tareas que hago respetuosa pero mecánicamente, a cambio de un poco de paz en la tierra y de un trocito futuro de Cielo? ¿Me siento superior por llevar el carnet de cristiano en un mundo oscuro y alejado de Dios o estoy convencido de mi miseria y mi falta de gratitud tras darme la fe y así renuevo mi compromiso de hablar a los demás de Dios con mi ejemplo compasivo, amante y amable? ¿Trato a Dios como un mercader misterioso con el que menudeo favores por oraciones o como un Padre que quiere todo mi amor y me da toda su infinitud?

Recemos más intensamente por los políticos que tenemos asignados. Que huyan del ejemplo del gran personaje político de la Cuaresma: Poncio Pilato. Que no se laven las manos, que no desprecien la Verdad y que sigan verdaderamente su corazón cuando encuentren el Amor y no la flagelen sin razón, para salvar su pobre reputación humana.

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