Llega la celebración de la Navidad en unos días. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, obtiene el máximo reconocimiento posible cuando Dios mismo se hace Hombre. Sin embargo…
Esta época aparece deformada muchas veces ante nuestros ojos, siendo -como queremos ser- seguidores cercanos del Señor. Parar un momento y cambiar la óptica puede ser un ejercicio necesario y liberador.
Veamos: sentimos con frecuencia que nuestra dignidad personal se revuelve cuando no nos tienen en cuenta, cuando nos recluyen en tareas humildes que ignoran nuestro verdadero valor o cuando nuestro estatus social se ve despreciado o cuando… Una gran prueba de ello sería el releer una herramienta poderosísima, escrita por el cardenal Merry del Val -un hombre sorprendente y brillante que llegó a ser Secretario de estado del santo Papa Pío X- y comprobar si podemos recitar sin reparos y sinceramente cada una de las plegarias que propone en sus “Letanías de la Humildad”.
Una prueba menos “consistente” podría consistir en cerrar nuestros ojos e imaginarnos al volante, cuando ese “aprovechado/a” nos ha quitado una plaza de aparcamiento a la que teníamos derecho natural de acceder; o ese encargado de una tienda que hace caso a alguien que se ha saltado la cola, ignorando nuestra prioridad. O mil situaciones más.
Nos cuesta rebajarnos, aceptando el anonimato, el relego, el olvido y no reparamos en que esa “degradación” es una nadería en comparación con lo que significa la Encarnación: el Dios infinito asumiendo nuestra pequeñez y fragilidad humana. ¡Cómo nos duele ser degradados o silenciados! Es el famoso “usted no sabe quién soy yo”, en sus diferentes manifestaciones más o menos tragicómicas. Una experiencia que vivimos de modo más intenso cuando procede de alguien a quien apreciamos o queremos más: ese amigo que no nos tiene en consideración, ese hijo o hija a quien vemos confiar en uno de sus amiguetes por delante de nosotros. Duele ser menospreciado. Y así, olvidamos que la distancia entre Dios y el hombre es infinitamente -sí, in-fi-ni-ta-men-te- más grande a la que hay entre un niño pequeño y nosotros o entre nuestro yo “rebajado” y lo que nosotros valoramos de nuestro yo.
En algunos relatos de ficción religiosa, se narra cómo el primer motor de la rebelión de Satanás se encendió al conocer el plan de Dios de hacer hombre a una de sus Personas, encarnándose en una criatura tan limitada en dones respecto a la grandeza angélica. El escándalo no fue sólo la elección de una naturaleza inferior para recibir el privilegio divino, sino además el mandato que recibieron los ángeles de adorar al Encarnado, lo que desencadenó la soberbia y la caída de esos espíritus rebeldes. ¿Cómo era posible que el Creador no les considerara para ese papel siendo ellos la cumbre de la Creación y que encima tuvieran que adorar a una carcasa de huesos y piel?
Pero, además, hoy en día los portales y nacimientos que decoran nuestras casas —cubiertos de luces suaves, musgo y figuras idealizadas— suelen disfrazar la verdadera realidad de la gruta original y el entorno material de ese “despropósito” del Amor Divino. La escena del nacimiento, en la que Dios eligió llegar, estaba decorada en realidad por los olores habituales y repugnantes de una estancia dedicada a animales: heno, humedad, excremento, suciedad…por mucho que José y María quisieran aderezarla. Allí, sólo los últimos entre los humanos serían los que recurrirían a ese aposento para habitarlo -solía ser la estancia encima de la cual se desarrollaba la vida ordinaria de los habitantes de las grutas de Belén- y ellos fueron los primeros testigos de ese ingreso: pastores anónimos y animales, mostrando que la entrega y el amor divino rechazan cualquier envoltorio de riqueza, poder o reconocimiento social. Y, además, rechazados, o relegados, por sus familiares más cercanos.
La Encarnación es el paradigma más alto de la entrega y el olvido de uno mismo; nos revela que, ante Dios, el valor de lo material es mínimo y que el amor se manifiesta en la humildad y el servicio. Habría bastado tal humillación divina para obtener nuestra redención, pero el Misterio de la Navidad fue sólo el primero de una serie de actos vitales -escondidos o públicos- del Señor, que culminarían, décadas después, en una muerte de Cruz y -finalmente- en la gloriosa Resurrección.
Cada Navidad debería recordarnos este itinerario de amor radical, capaz de transformar la historia humana y de redimir nuestra mirada, aun cuando la tentación del consumo y la superficialidad nos acerque más a la banalidad que al verdadero milagro de la Nochebuena.
Y debe movernos de un modo especial a rezar por los que son “grandes” en nuestra sociedad. O creen serlo. Nuestros políticos suelen vivir -por lo general- rodeados de privilegios y de favores, que deberían hacerles más conscientes de la obligación y de la necesidad de su servicio. Y casi nunca es así.
Feliz Navidad, querida comunidad de orantes, y que la Paz del Señor inunde vuestros corazones , el de vuestras familias y también, el de nuestros responsables públicos.
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