Las fiestas judías del Antiguo Testamento no sólo marcaban el ritmo espiritual de Israel; contenían una lógica interna que, desde la fe cristiana, se revela con particular claridad en el Triduo Pascual: Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección.
La antigua liturgia se descubre como figura viva de la Pasión, muerte y victoria de Jesucristo. Ya lo expresa San pablo en su carta a los hebreos (10,1): “Pues la ley, que presenta solo una sombra de los bienes futuros y no la realidad misma de las cosas, no puede nunca hacer perfectos a los que se acercan, pues lo hacen año tras año y ofrecen siempre los mismos sacrificios”.
El Jueves Santo se sitúa explícitamente en el marco de la Pascua (Pésaj). La cena que Jesús celebra con sus discípulos es una cena pascual, memorial de la liberación de Egipto mediante la sangre del cordero sin defecto. En esa noche, Cristo lleva el rito a su plenitud, pues no señala sólo al cordero sacrificado en tiempos de Moisés, sino que se identifica Él mismo con el verdadero Cordero. El pan y el vino se convierten en su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. La antigua Pascua, que recordaba el paso de la esclavitud a la libertad, anticipaba el paso definitivo que Cristo realiza: de la muerte a la vida, abriendo una liberación radical del pecado.
El Viernes Santo encuentra resonancias tanto en la Pascua como en el Yom Kippur, el Día de la Expiación. En esta última fiesta, el sumo sacerdote entraba una vez al año en el Sancta Sanctorum para ofrecer sangre por los pecados del pueblo. La cruz es presentada por la tradición cristiana como el acto supremo en el que Cristo, verdadero Sumo Sacerdote, ofrece no sangre ajena, sino la suya propia, de una vez para siempre. Las profecías adquieren aquí una fuerza singular: el Siervo sufriente del Libro de Isaías, “herido por nuestras rebeliones”; el clamor del justo del Libro de los Salmos, o las visiones del Libro de Daniel, son leídas por la tradición cristiana como anticipaciones del drama del Calvario.
En ese mismo Viernes Santo tiene lugar un signo decisivo: la rasgadura del velo del templo. Ese velo separaba el lugar santo del Sancta Sanctorum, espacio reservado a la presencia divina. Al rasgarse en el momento de la muerte de Jesús, simboliza que la separación entre Dios y la humanidad queda superada. El acceso a Dios ya no depende de un rito repetido, sino del sacrificio definitivo de Cristo.
El Domingo de Resurrección se ilumina a la luz de la fiesta judía de las Primicias. En el día siguiente al sábado de Pascua se ofrecían en el templo los primeros frutos de la cosecha como anticipo y garantía del resto. San Pablo llama a Cristo “primicia de los que han muerto”: su Resurrección no es un hecho aislado, sino el comienzo de una nueva humanidad. Así como la gavilla anunciaba la cosecha futura, la tumba vacía proclama que la vida ha vencido y que la promesa contenida en la Ley y los Profetas alcanza su plenitud.
El misterio pascual no es solo un acontecimiento del pasado, sino un juicio permanente sobre la historia. En la Pasión vemos también el drama de quienes tuvieron la Verdad delante y no supieron reconocerla. Poncio Pilato se lava las manos ante la Inocencia en persona. Herodes Antipas trivializa el misterio, reduciéndolo a espectáculo. Caifás teme perder su posición y sacrifica la justicia en nombre de una falsa prudencia política. En todos ellos aparece una tentación siempre actual: considerar a Dios como un estorbo para los propios planes, como una amenaza para el poder o como una incómoda llamada a la verdad.
Por todo esto te invitamos a rezar por los responsables políticos de nuestra sociedad. Para que no imiten esa ceguera, para que aprendan que la autoridad es servicio y que la redención ganada por Jesucristo no limita la acción pública, sino que la purifica y la eleva. Sólo cuando el poder se deja iluminar por la Verdad y la Misericordia puede convertirse en auténtico instrumento de bien común.
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Fechas más señaladas para agendar en el calendario:
- 1 de abril: Santa. Engracia y compañeros mártires // Miércoles Santo
- 2 de abril: Jueves Santo (La Cena del Señor)
- 3 de abril: Viernes Santo (Ayuno y abstinencia)
- 4 de abril: Sábado Santo (Vigilia Pascual)
- 5 de abril: Resurrección – Santo Triduo Pascual
- 6 de abril: Lunes Octava de Pascua.
- 19 de abril: Domingo de la Divina Misericordia (Segundo Domingo de Pascua)
- 21 de abril: San Anselmo
- 23 de abril: San Jorge
- 24, 25 y 26 abril: Peregrinación Isabelina a Segovia y Arévalo.
- 26 de abril: San Isidoro
- 28 de abril: San Pedro Chanel / San Luis María Grinion de Monfort
- 29 de abril: Santa Catalina de Siena (Virgen y Doctora de la Iglesia / Patrona de Europa
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