El día de Pentecostés, festejado el 24 de mayo en este 2026, constituye uno de los momentos más decisivos en la historia del cristianismo. Como relatan los Hechos de los Apóstoles, “al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar” (Hch 2,1), y de pronto “vino del cielo un ruido como de viento impetuoso… y se les aparecieron unas lenguas como de fuego” (Hch 2,2-3). Los discípulos se encontraban en Jerusalén, todavía marcados por el miedo y la incertidumbre tras la Pasión. A pesar de haber visto al Resucitado, seguían actuando con cautela, tal como refleja el Evangelio cuando “por miedo a los judíos, estaban las puertas cerradas” (Jn 20,19).
En ese contexto aparece con especial relevancia la figura de la Virgen María. Los Hechos señalan que “todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús” (Hch 1,14). Ella, que había recibido al Espíritu Santo en la Anunciación —“el Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1,35)—, se convierte ahora en modelo y guía para los discípulos. Su presencia es la de quien ya ha vivido plenamente la acción transformadora de Dios.
Algunas revelaciones privadas han profundizado en esta escena con un lenguaje contemplativo. La beata Anna Catalina Emmerick describe vívidamente este momento en sus visiones recogidas en La vida de la Virgen María. En uno de sus pasajes se lee: “Vi a los Apóstoles y a los discípulos reunidos en torno a la Santísima Virgen, en profunda oración; y de pronto descendió sobre ellos una luz admirable, que llenó toda la estancia, y cada uno fue penetrado de un fuego santo que les dio valor y claridad sobrenatural”. Esta imagen, aunque expresada en lenguaje místico, armoniza con el relato bíblico, subrayando el clima de recogimiento y unidad en torno a María.
La tradición cristiana ha visto en María a la “esposa del Espíritu Santo” y, en cierto sentido, la anfitriona de Pentecostés. Su alma, plenamente disponible, encarna la actitud que Cristo había pedido: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo… y seréis mis testigos” (Hch 1,8). Así como en la Encarnación su “sí” hizo posible la venida de Cristo, en Pentecostés su oración prepara a los apóstoles para la misión.
El cambio que se produce en los discípulos es radical. Pedro, que había negado a Jesús, proclama ahora con valentía: “a este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos” (Hch 2,32). Se cumple así la promesa del Señor: “no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt 10,20). El miedo se transforma en fortaleza, y el silencio en anuncio.
Este acontecimiento tiene también una dimensión actual. Nuestra sociedad necesita ese impulso del Espíritu que ilumine las conciencias. En primer lugar, en nuestros corazones, que necesitan estar abiertos a la acción del Espíritu Santo para vencer nuestros miedos, nuestras incertidumbres, nuestra falta de rectitud de intención, nuestras limitaciones y que tienen que elevar su súplica para ser transformados por el mismo Espíritu Santo que visitó a la Primera Iglesia. Pentecostés no puede quedar relegado a un hecho aislado del siglo I, sino que tiene que ser una súplica constante de cada cristiano, `para estar en condiciones adecuadas de un testigo de Jesucristo con toda la fuerza prometida por el Señor
Pero, además, la exhortación de San Pablo sigue vigente: “os exhorto… a que se hagan oraciones por todos los hombres, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad” (1 Tim 2,1-2).
Rezar por los políticos es pedir que los dones del Espíritu Santo fructifiquen en sus decisiones, para que la sociedad avance hacia la verdad, la justicia y, en último término, hacia Dios.
¡Para Dios, nada hay imposible!
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