Cada mes de junio, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús lo envuelve todo con una luz especial. Se alza como refugio seguro y como escuela de caridad, recordándonos que el amor auténtico no se impone, sino que se entrega. Contemplar su Corazón es descubrir que Dios no permanece distante, sino que sale al encuentro del hombre con infinita compasión, ofreciéndole la alegría de saberse amado sin medida.
En este mes de junio, la Iglesia también recuerda la figura luminosa de Santo Tomás Moro, uno de los grandes ejemplos de coherencia cristiana en la vida pública. Político brillante, jurista prestigioso, hombre de familia, humanista y canciller de Inglaterra, supo unir inteligencia, fe y servicio al bien común en una época marcada por profundas tensiones religiosas y políticas.
Su figura mantiene hoy una sorprendente actualidad. En el año 2000, San Juan Pablo II lo proclamó patrono de los gobernantes y políticos, presentándolo como modelo para quienes ejercen responsabilidades públicas. El Papa destacó especialmente su fidelidad a la conciencia, su defensa de la verdad y su convicción de que la autoridad sólo es legítima cuando está al servicio de la dignidad humana y de la ley moral.
Tomás Moro no entendía la política como un instrumento de poder personal, sino como una vocación de servicio. Hombre profundamente culto y cercano al pueblo, intentó gobernar con justicia y prudencia en tiempos extraordinariamente difíciles. Pero precisamente su fidelidad a la verdad le llevó al conflicto con el rey Enrique VIII cuando éste quiso romper con Roma y proclamarse cabeza de la Iglesia en Inglaterra.
Sto. Tomás Moro sabía perfectamente el precio que podía costarle mantenerse fiel a su conciencia. Durante meses guardó silencio prudente, intentando evitar el enfrentamiento, pero finalmente se negó a jurar un acto que consideraba contrario a su fe. Fue encarcelado en la Torre de Londres y condenado a muerte. Antes de ser ejecutado en 1535 pronunció unas palabras que han quedado para la historia: “Muero siendo buen servidor del rey, pero primero de Dios”.
Su fortaleza no nacía del orgullo ni de la obstinación, sino de una vida interior intensa. La Eucaristía ocupaba un lugar central en su existencia. En medio de las responsabilidades políticas y familiares, buscaba momentos de oración y de adoración silenciosa. Sabía que quien pretende servir verdaderamente a los demás necesita primero dejarse sostener por Dios. Su amor a Cristo presente en la Eucaristía le dio serenidad para afrontar la incomprensión, la cárcel y finalmente el martirio, como muy bien se refleja en esa gran película histórica: “Un hombre para la Eternidad”.
Por eso Santo Tomás Moro sigue siendo hoy un intercesor especialmente valioso para rezar por quienes tienen responsabilidades de gobierno. En una sociedad donde la presión del poder, de la ideología o de la opinión pública puede debilitar la conciencia moral, su ejemplo recuerda que la política necesita personas honestas, prudentes y capaces de poner el bien común por encima de intereses personales o partidistas.
Los cristianos no están llamados a criticar a sus gobernantes, sino -como mínimo- a rezar por ellos. Gobernar implica decisiones difíciles que afectan a millones de personas y exige una enorme responsabilidad moral. Santo Tomás Moro comprendió mejor que nadie el peso de esa tarea y por eso puede ser hoy un gran protector e intercesor para quienes ejercen cargos públicos.
Pero quizá uno de sus rasgos más entrañables fue su extraordinario sentido del humor. Incluso en los momentos más dramáticos conservó una fina ironía y una alegría serena que nacían de su confianza en Dios. Camino del cadalso, viendo insegura la escalera, comentó al verdugo con humor que le ayudara a subir, porque “para bajar ya se las arreglaría él solo”.
A él se atribuye además la conocida “Oración del buen humor”, donde pide al Señor la gracia de saber reír, relativizar las preocupaciones y mantener la alegría del corazón. Esa oración refleja admirablemente el espíritu de un hombre que supo unir santidad y humanidad, firmeza y amabilidad, profundidad espiritual y cercanía cotidiana.
Una conciencia recta, sostenida por la fe y acompañada por la alegría, puede transformar silenciosamente la sociedad.

