La Virgen del Carmen, Santiago y la vocación cristiana de España

La devoción a la Santísima Virgen del Carmen es una de las más antiguas y extendidas de la Iglesia. Sus raíces se remontan al monte Carmelo, en Tierra Santa, donde, según la tradición, el profeta Elías defendió la fe del Dios verdadero y anunció la venida de una pequeña nube que los Padres de la Iglesia interpretaron como figura de María, de quien habría de nacer el Salvador. Siglos después, en aquel mismo monte surgió una comunidad de ermitaños que vivía bajo la protección de la Virgen, origen de la Orden del Carmen. Desde el siglo XIII, especialmente tras la tradición de la entrega del santo escapulario a san Simón Stock, la advocación del Carmen se difundió por toda la cristiandad, convirtiéndose en un signo de confianza filial en la protección maternal de María.

España acogió esta devoción con especial fervor. No resulta extraño, pues la historia espiritual de nuestra nación aparece desde sus mismos orígenes íntimamente unida a la Virgen María y al apóstol Santiago. Según la venerable tradición, cuando Santiago predicaba en Hispania y se sentía desalentado por los escasos frutos de su misión, la Santísima Virgen, aún viviendo en Jerusalén, fue llevada milagrosamente por los ángeles hasta Caesaraugusta (Zaragoza) para consolarle y fortalecerle. Aquella visita dio origen a la devoción de Nuestra Señora del Pilar, primera advocación mariana de la historia.

La Venerable María de Jesús de Ágreda, otra española fascinante en su faceta mística y humana,  desarrolla con una gran delicadeza este episodio en la Mística Ciudad de Dios (Parte II, libro IV); la biografía de Nuestra Madre del Cielo que tuvo que escribir tres veces, en virtud de la obediencia. Allí relata que Dios envió a la Virgen para confortar al Apóstol y asegurarle el futuro florecimiento de la fe en España. María dice a Santiago: «Prosigue con fortaleza y constancia la obra del Altísimo; porque su diestra poderosa hará grandes maravillas en esta provincia». Más adelante, la religiosa concepcionista afirma que el Señor destinó a España a desempeñar una misión singular en la propagación y defensa de la fe católica, concediéndole una especial protección por medio de su Santísima Madre. Como revelación privada, estas páginas no forman parte del depósito de la fe, pero han alimentado durante siglos la espiritualidad de innumerables cristianos.

La Virgen del Carmen prolonga esa cercanía maternal que ya manifestó junto al apóstol Santiago. Si en Zaragoza alentó al primer evangelizador de España, bajo el título del Carmen continúa ofreciendo a los fieles el escapulario como signo de consagración, amparo y esperanza. Ambas advocaciones recuerdan que María acompaña siempre a la Iglesia en su misión y protege a quienes confían en ella.

Durante siglos, la nación española expresó esta conciencia mediante el antiguo Voto de Santiago, por el que pueblos, ciudades y reinos se encomendaban al patrocinio del Apóstol, reconociéndolo como protector de España y pidiendo su intercesión por el bien común. 

Encomendemos nuevamente a Santiago Apóstol, bajo la protección maternal de la Virgen del Carmen, a quienes tienen la responsabilidad de gobernar nuestra patria, para que ejerzan su servicio con sabiduría, justicia y rectitud, y para que Dios siga guiando el destino de España por caminos de fidelidad al Evangelio y de auténtico bien para todos sus hijos.

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